lunes, marzo 06, 2006

"El roncador y yo" o Crónica de un viaje al sur de España

Siempre es lo mismo. Por lo general, cuando viajo, lo hago en el autobús nocturno, así cuando llego a mi destino, tengo todo el día por delante. Eso, en el caso de que no me toque un roncador.

El último fue, con gran diferencia, el más grandioso de todos, no sólo por la intensidad de sus ronquidos sino por todo su desempeño durante el trayecto.

Subí al autobús a medianoche. Me gusta subir entre los primeros pasajeros para ver las caras de los que viajarán conmigo: señoras, comerciantes, familias, parejas y luego gente, que como yo, encuentra en su llegada la razón de ser de tanto trasnocho y paciencia.

Un chico joven, sin ningún rasgo excesivamente especial, que hablaba por su teléfono, pasó a mi lado mientras el desfile tenía lugar. Luego de unos segundos, vuelve. Comprueba que el billete coincide con el número del asiento que está a mi lado y se sienta, mientras sigue su conversación con quien creo yo, es uno de sus colegas”, porque hacen recuento de la noche anterior y de lo buena que estaba “la Mari”, entre las risas y palabrotas propias de la generación macarra que domina buena parte de España.

Cuelga el teléfono y comienza la ronda de mensajes (con el teclado a todo volumen, por supuesto). No me molesta mucho. El viaje no ha empezado y total, estará despidiéndose de sus amigos antes de que el conductor arranque y con él, la película de turno, que seguramente incluirá a Van Damme, ese tío que le debe parecer absolutamente “cojonudo”.

Hasta ese momento, todo va bien y de hecho, el autobús arranca, aunque la película aún no. Esto le viene de maravilla a mi compañero porque comienza a recibir la respuesta a sus mensajes: montones de llamadas anunciadas por John Williams (el tema, el de Darth Vader, en Star Wars). No sabría decir si esta música tenía un significado íntimo para nuestro amigo, pero lo cierto es que lo escuchaba hasta casi el final del tono antes de contestar.

Nosotros, sus compañeros, nos fuimos convirtiendo en sus amigos. Nos metió en situación, explicándonos –sin pedirlo- que sus amigos estaban de cena y que “tío, menuda putada que yo viaje hoy” porque luego harían botellón en la plaza (y por supuesto, estaría “la Mari”).

El viaje continúa. Yo, por mi parte, en mi rol de observadora y escucha de mi vecino, me había percatado de que padecía algún tipo de alergia respiratoria. Y sí, definitivamente, la tenía. Luego de la última llamada (la sexta o séptima, la verdad es que perdí la cuenta), se quedó dormido.

Es bastante raro que me duela la cabeza, pero mi amigo, el roncador, me provocó uno antológico. Como todos los roncadores, comenzó suavemente, como una respiración fuerte que poco a poco fue ganando fuerza hasta que consiguió que todos los que le rodeábamos tuviéramos los ojos abiertos como platos, mientras lo mirábamos con la envidia que se tiene a los soñadores.

En minutos que parecían horas, llegamos a la parada que marca la mitad del camino. Nuestro roncador, más lozano que cuando subió la primera vez, se levantó con la mayoría de los viajeros para comprar algo. Yo me quedé dentro para ver si ese rato de silencio me arrullaba hasta dormirme. Me dije que, como tengo el sueño profundo, si logro adelantármele, tal vez no oiga cuando se reinicie el concierto. Pero no, los conductores iban a llenar de nuevo los tanques y todos debíamos bajar. No había nada qué hacer. Bajé junto al resto de los viajeros, esperé los quince minutos prometidos y reanudamos el viaje.

Tuve suerte y no sé si era el cansancio, el dolor de cabeza o un milagro divino, pero pude dormir. Unas dos horas, prácticamente ininterrumpidas hasta que el impresionante talento del roncador reapareció para dar su do de pecho. Esta vez, sin embargo, quería dejar claro quién mandaba; y luego de unos 45 minutos de sus mejores arias, despertó… con hambre.

Sacó de un bolso la bolsa más grande de pipas que yo había visto en mi vida (semillas de girasol para mis compatriotas) y se dispuso, como en cualquier partido de fútbol que se precie, a morder, romper y tirar al suelo, una a una las semillas, mientras masticaba sin piedad alguna el pequeño fruto seco del interior. Todo esto, aderezado del agradable sonido de la bolsa cada vez que metía la mano para comer uno más.

Eran ya las seis de la mañana cuando finalmente dejó la bolsa. La paz no duraría mucho. La presencia de Darte Vader no se hizo esperar. Traía esta vez más noticias de “la Mari” y el “informe botellón” correspondiente que, por supuesto, resultaba graciosísimo para el roncador, que de nuevo nos daba los detalles de la noche.

Fue entonces cuando saqué mi libreta, encendí la luz y em dispuse a escribir esta historia. No pude terminarla. El roncador me pidió que apagara la luz porque estaba muy cansado y no podía dormir… XXX

4 comentarios:

Lulu dijo...

Tienes que darle gracias a Dios, a la vida o a lo sea en lo que crees, que te tocó sólo una noche...algunas lo hemos vividos años, y es mentira que uno se acostumbra!!!

Oscar y su diario de un viajero marabino dijo...

Lo mejor para evitar estas desventuras nocturnas es viajar de dia con par de audifonos y un Ipod con tus tres mil canciones preferidas, si te hablan y no quieres responder, te haces la que estas inspirada viendo el paisaje que se pierde cuando se viaja de noche.
:)

Anónimo dijo...

Ole mis guevos!
Ese es el tipo de experiencia que hacen el viaje mas agradable. Me imagino que esa fue la epoca pre-ipod. Lo mejor en estos casos es ponerse los cascos y dejarse llevar por el influjo de Vivaldi.

Anónimo dijo...

Hola PilarCristina
Para esos casos hay que estra preparado. Para la próxima, tienes una alternativa: pelear fuego contra fuego. Apenas empiece a roncar, lo despiertas y le empiezas a contar tu vida y milagros (o mejor no: puede que se enamore de tí; cuéntale acerca de la situación política de Venezuela, preferiblemente acerca del CNE y PDVSA, que son temas de nunca acabar)En algún momento, al tipo le va a volver a dar sueño; pero tú debes de impedírselo. Cuando al fin se dé cuenta, pues le explicas, que ya que has de pasar la noche en vela, al menos que sea con escuchando tu propia voz que es más melodiosa que sus ronquidos. Si aún así no se da por aludido hay otra estrategia más criolla: llévate un par de medias gruesas (preferiblemente sucias), haces una pelota y se la atapusas en la boca.

Alberto